Camino, luego soy
Una sensación de carencia, de aislamiento en espacios artificiales, de falta de libertad y de vacía conexión permanente, aparece poco a poco en nuestra mente de eternos nómadas caminantes; inquietos por esta zona de confort excesiva, anhelamos «volver a sentir», conectarnos con la tierra, perdernos en la lejanía de un cielo, un bosque o de una montaña.
Comenzamos a caminar poco a poco, recuperando nuestro cuerpo y nuestros sentidos, tomamos consciencia de la naturaleza que aún nos rodea, recibiendo la riqueza de las percepciones que nos proporciona el canto de un pájaro, el murmullo de un río, el sonido de nuestras pisadas y el olor de la vegetación mojada, nos damos cuenta de nuestro vínculo con el mundo y nos sentimos parte de un todo, constituyendo este vagar constante y sin prisa, una experiencia envolvente.
Todo fluye alternándose concentración y ensoñación, interpretamos estas sensaciones y empezamos a darles sentido, aflorando nuestro ser más emotivo que dibuja mentalmente nuevas sendas, direcciones y territorios mientras intentamos buscar nuestro paisaje propio y personal, dentro de los paisajes que se nos han dado construidos.
El espacio interior se nos revela frente al exterior , avanzando con la mente por nuestra vida y nuestra memoria, enlazándose , como la propia naturaleza salvaje, nuestras vivencias pasadas con las esperanzas futuras, reactivando así, nuestro impulso vital.
En la sociedad de lo rentable y lo tecnológico, el espacio que habitamos se ha transformado en algo uniforme, impersonal y sin vida. Necesitamos volver a experimentar lo vivo, lo real , lo que podemos percibir a través de nuestro cuerpo cada vez más sedentario, para darnos cuenta de la importancia que tiene el deseo de descubrir «nuestro paisaje», conquistarlo y darle significado a través de lo que nos dicen los sentidos.
